¿Y si el arte y la cultura fueran las claves de la reconciliación en Colombia?

Nunca antes en la historia reciente de Colombia el arte y la cultura habían ocupado un lugar tan central en el desarrollo del país. En los últimos años, experiencias como la de las mujeres tejedoras de Mampuján –que plasmaron en tapices multicolores el dolor de la violencia que vivieron sus familias– han servido para demostrar cómo una actividad creativa puede contribuir a superar los traumas de la guerra y reconstruir los vínculos que unen a una comunidad.

Cada vez son más las iniciativas que le están apostando a la formación artística y cultural en los territorios. El arte, y especialmente la educación artística, fomentan el encuentro entre las comunidades, la libertad de expresión de las ideas y la sensibilidad. “El arte fortalece el arraigo, la identidad, la convivencia, y los lazos de unión de las comunidades que han sido rotos por el desplazamiento forzado y las otras estrategias de la guerra”, explica el investigador social Germán Rey.

El potencial del arte está reconocido en el acuerdo entre el gobierno y las Farc. Durante el proceso de paz se pactó fortalecer la política actual de atención y reparación a las víctimas a través de los planes de reparación colectiva. Estos planes contemplan una serie de medidas destinadas a reconstruir los tejidos sociales, culturales y económicos de las comunidades afectadas por el conflicto armado, y son básicamente el principal instrumento que tienen los territorios para sacar adelante experiencias artísticas y culturales.

Las iniciativas de formación artística en las áreas rurales del país parecen ser exitosas cuando se centran en rescatar los saberes tradicionales y conectar a quienes las practican con sus propias realidades. En otras palabras, no se trata de establecer una diferencia entre arte rural y urbano, sino en reconocer que estas poblaciones han encontrado históricamente en las expresiones artísticas formas de vivir, inclusive durante el conflicto.

Tal vez, uno de los mayores aprendizajes en este sentido proviene de la propia experiencia del Ministerio de Cultura. A pesar de que el presupuesto de esta cartera es uno de los más bajos para 2017 –representa únicamente el 0,1% del total– actualmente cuenta con al menos siete programas enfocados en promover y fortalecer la cultura en regiones golpeadas por el conflicto armado.

Guiomar Acevedo, directora de Artes de la entidad, explica que en el caso del trabajo que viene realizando la entidad en los Montes de María con escuelas de música comunitarias. “Poco a poco, con la recuperación de los encuentros musicales se recobró también el sentido de comunidad, la confianza en los vecinos y, sobre todo, la confianza en ellos mismos, el sentido de pertenencia y el capital cultural local”, afirma.

La cultura y las artes deberían darle un impulso a valorar el desarme y el fin de la guerra.

Ante esa falta de recursos provenientes del gobierno nacional, las iniciativas artísticas deben buscar alternativas para lograr la sostenibilidad. El caso del Tecnocentro Cultural Somos Pacífico del Distrito de Aguablanca, en Cali, –un proyecto comunitario que ofrece programas de formación artística y técnica con valores– da luces sobre un posible camino a seguir. El centro, que viene incidiendo en el auto reconocimiento de la población del sector desde 2013, funciona como una alianza público-privada en la que la Alcaldía de Cali aporta anualmente 70 % de los recursos para su funcionamiento, mientras que el resto proviene de empresas del sector privado. Al mismo tiempo, con los programas técnicos buscan brindarle oportunidades laborales a la comunidad.

Vía: Semana

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